¿Sentís dificultad de volver a salir y a la vida social?

A esta dificultad se le llama “síndrome de la cabaña” y es cuando las personas presentan miedo o rechazo ante la idea de volver a la calle tras el confinamiento. Te contamos de qué se trata y cómo es posible gestionarlo.

Tras estos meses de confinamiento, cuando las medidas se empiezan a relajar y es posible salir a la calle respetando las medidas de seguridad, algunas personas no disfrutan de la vuelta a las calles, las pequeñas reuniones y los paseos, sino que sienten miedo o rechazo. Es lo que se conoce como el síndrome de la cabaña; no se trata de una enfermedad tipificada, sino de un conjunto de síntomas relacionados con el espectro ansioso. Según los estudios de psicología clásicos, estas manifestaciones son habituales en gente que ha pasado mucho tiempo en situaciones de aislamiento, como plataformas petrolíferas o submarinos.

Los seres humanos tienden a crear rutinas para manejar mejor las situaciones desconocidas. Por eso, mientras que en los primeros días no poder salir a la calle producía desasosiego, ahora que la mayoría se ha acostumbrado a estar en casa, se produce el efecto contrario. Además, la expansión de la enfermedad ha generado un contexto de inseguridad mayor al que había antes del confinamiento y salir a la calle implica exponerse a él.

El pensamiento circular

El hogar es un refugio ante este marco general de incertidumbre, donde se buscan espacios que apelen a la seguridad y al control. Los individuos que ya contaban con una base ansiosa son más proclives a padecer estos síntomas. Estas personas tienen tendencia a generar pensamientos circulares negativos que actúan como andamios de escenarios mentales catastróficos, y la sobreexposición a la información durante estos días contribuye a alimentar el pensamiento circular y, por tanto, a generar más ansiedad.

Esto se repetí entre aquellos que sufrían patologías previas, como la depresión, la agorafobia o la ansiedad social o por la salud, conocida comúnmente como hipocondría. También aquellos que han pasado el confinamiento solos y no han tenido que realizar salidas rutinarias, como acudir al centro de trabajo, pueden presentar mayores problemas al volver a la calle. Sus habilidades sociales pueden estar en baja forma y se sienten desprotegidos.

La alerta constante y los mensajes que se han recibido durante este tiempo también han exacerbado el miedo al contagio que, además, ha vuelto a crecer según ha ido evolucionando la desescalada y se han relajado las medidas. Ahora hay mucha gente que tiene sensación de descontrol, de que esto se nos puede ir de las manos.

Salir de la cabaña

La percepción de los otros como un peligro es algo que todavía durará un tiempo y producirá un cambio de hábitos. Para superar los temores, los expertos coinciden en que, como sucede con todos los miedos, lo mejor es enfrentarse a él.

En el corto plazo, permanecer en casa produce una sensación de alivio y de falsa seguridad, pero en el largo, la percepción de miedo se va instalando y las limitaciones se acrecientan. Pero es necesario discernir entre los temores adaptativos que se van superando y los patológicos, que limitan o incapacitan.

Es necesario aprovechar la información y los mensajes de alerta que proporcionan los temores, pero sin dejar que este paralice por completo.

No pasa nada por tener miedo, pero hay que intentar que no te secuestre.

Si se siguen las recomendaciones, la transmisión estará controlada. Si empezamos a dejar de hacer cosas por el miedo, poco a poco iremos cediendo parte de nuestra vida personal y es posible que acabemos generando un cuadro de ansiedad más grave al inicial.

La vuelta debe hacerse de manera gradual, aunque sin postergarse demasiado. Empezar por reencontrarse con personas cercanas y realizar salidas para hacer actividades gratificantes, pues esta motivación ayuda a contrarrestar el miedo. En este sentido, las medidas de protección previenen los contagios y tienen un efecto psicológico: el barbijo y los guantes sirven como una prolongación del caparazón que se tiene en casa.

El lado B de quedarse en casa

Si bien la medicina está intentando explicar y resolver estas patologías que aparecen nuevas ante un contexto que nunca antes habíamos vivido, como en todo, también hay otra cara y sigue siendo las pocas ganas de volver a la rutina.

Ahora que podés salir, te das cuenta de que no se estaba tan mal en casa, ¿no? Lamentás todo lo que querías hacer y no pudiste; pero también pensás en todo lo que debías hacer e incumpliste, y no pasó nada. Te perdiste citas, celebraciones, viajes, encuentros familiares y amistosos que no se compensaban con videollamadas. Pero también te perdiste todo aquello que en la vida anterior al coronavirus te impedía precisamente disfrutarla. No han sido unas vacaciones, pero tampoco es estar desempleado. O quizás si lo tuyo fue o es el teletrabajo, reconoces que no extrañaste mucho la oficina. A los compañeros sí, y ciertas rutinas, pero qué pocas ganas de salir cada mañana temprano de casa con frío, para volver arrastrando los pies y el mal humor. Y qué gusto disponer de tu jornada laboral, marcar tus ritmos y tus pausas.

Dicen que hemos sido más productivos que nunca en el confinamiento. Y encima hemos gastado menos, reducido el consumo a lo más esencial. Hay quien hoy es más pobre, sí; pero también hay hogares que han llegado a fin de mes por primera vez en años.

Miedo de volver a la rutina

No querés salir de casa, porque sabés que en cuanto salgas empezará a correr el reloj otra vez. Ese mismo reloj que iba desesperadamente lento durante las semanas de encierro absoluto. Incluso trabajando te ha sobrado tiempo, desaparecidas todas esas otras obligaciones que acortaban las semanas. Si tenés hijos ellos marcan un tiempo propio, pero has pasado más horas con ellos en estos meses de las que pasarías en todo un año. Hay convivencias que se han resentido, quizás ya venían heridas de antes; pero también hay muchas familias que se han reencontrado y se han querido más y cuidado mejor.

Tanto tiempo quejándonos de vivir en una rueda de hámster, de lamentar retóricamente las exigencias laborales, el frenesí consumista y la debilidad de nuestros vínculos, tanto tiempo sintiendo que habíamos perdido el control de nuestras vidas y que íbamos a la deriva, tanto tiempo fantaseando con tirar todo y dejarlo. Y de pronto sucedió lo impensable: se paró. Se paró del todo. Y sí, queremos reanudar la marcha, y recuperar tantas cosas que hemos perdido, nuestras vidas donde las dejamos en marzo. Pero tememos que eso suponga volver a nuestras vidas ansiosas e hiperproductivas de entonces.

El miedo tiene nombre de síndrome, el de la cabaña, y no debemos dejar que gane. Pero sino, es no querer volver a esa normalidad de la que ahora nos damos cuenta, que estamos mejor sin ella.

Fuente: cincodias.elpais.com, infobae.com